Cupido es el dios del amor, un ente encargado de crear y proteger las relaciones románticas humanas. ¿Pero qué pasaría si en realidad Cupido fuera una diosa que ha bajado al mundo de los humanos para trabajar como la Celestina personal de éstos? En esta premisa nos sitúa Cupid Parasite, un juego otome desarrollado por Otomate e Idea Factory que se ha coronado como uno de los otomes rom-coms más divertidos hasta la fecha. Acompañaremos a Lynette Mirror—también conocida como Cupido—en su misión de convertirse en la mejor casamentera de Cupid Corporation mientras comprende todo ese concepto del amor que tanto quiere imbuir en las parejas que buscan su consejo.
A Lynette no hay corazón que se le resista y por eso le encomiendan la tarea de emparejar a los integrantes del Parasite 5, un grupo de solteros incapaces de conectar con las usuarias de Cupid Corporation, ya que poseen unas personalidades bastante peculiares. Y es que estos solteros de oro cumplen a rajatabla las características propuestas por el psicólogo canadiense John Alan Lee en su teoría de los seis tipos de amor, donde explica mediante la rueda de colores las distintas perspectivas románticas recogidas por los filósofos griegos. Antes de explicar en qué consiste esta clasificación, hay que aclarar que sí, en Cupid Parasite los intereses románticos se corresponden con cada tipo, siendo uno de ellos la ruta secreta que no se encuentra originalmente en el Parasite 5. Y aunque no es obligatorio, sí que es recomendable jugar en un determinado orden las rutas para entender mejor el lore de Cupid Parasite. Este orden sería jugar primero las rutas de Shelby o Ryuki—daría igual empezar por uno u otro—seguidos por Gill, Raul, Allan y, por último, la ruta secreta.

Está claro que la razón para construir a los “parásitos” de este juego en base a la teoría anteriormente mencionada es el propio contexto de éste y es que Cupid Parasite tiene por base tanto la mitología grecorromana como la psicología del amor. Tanto es así que la propia Lynette se especializa en “psicología romántica” antes de empezar a trabajar en Cupid Corporation. Así que utilizar una teoría que aunase ambos era un total acierto. La teoría de los seis tipos del amor reconoce tres tipos primarios—como el rojo, el azul y el amarillo en la rueda de colores—que son Eros, la atracción por la apariencia física, Ludus, referido a la atracción puntual y apasionada sin compromiso alguno, y Storge, el amor más comprometido donde la pareja suele ser también el mejor amigo. En base a estos tres amores primarios, surgen otros tres secundarios: Mania, el amor obsesivo e intenso que toma a Eros y Ludus como base; Pragma, una combinación entre Ludus y Storge donde se busca que la pareja tenga unas características superiores a la media para adquirir un mayor compromiso y, por último, pero no menos importante, Agape, un amor altruístico formado por Eros y Storge donde se priorizan las necesidades de la otra persona.
El juego utiliza un test donde según las respuestas otorgadas determinarán qué tipo de final llegaremos a obtener, de tal modo que, si el tipo de amor de Lynette coincide con el del interés romántico en cuestión, entonces llegaremos al mejor final, siempre y cuando hayamos dado también las respuestas necesarias para conseguir el nivel de afecto necesario con nuestro solterito de oro. Hay que decir que al contrario que en otros otomes, en Cupid Parasite los finales normales o los malos no son demasiado trágicos y al menos no hay que lamentar muertes o actos de dudoso consentimiento.

Así tenemos seis rutas donde conseguir el final feliz significa saber balancear en las decisiones cada tipo de amor. Y es que en palabras del ya mencionado John Alan Lee en su libro “The Colors of Love: An Exploration of the Ways of Loving” de 1973 se reconoce que “una relación romántica implica la propia evolución de un tipo de amor hacia otro, llegando al punto en el que el compromiso, la intimidad y la pasión se equilibren” y eso es lo que debe hacer nuestra protagonista. Con cada interacción, con cada decisión, Lynette irá perfilando la propia relación, de tal forma que tanto ella como los hombres del juego irán cambiando hasta llegar a conocer ambos qué significa verdaderamente para ellos el acto de amar.
Es interesante ver cómo la propia ironía de que Cupido no haya amado a nadie en toda su existencia sirva para demostrar que no hace falta ser alguien experimentado en los lares amorosos para tener una relación plena. Y es algo que se puede comprobar en todas las rutas, puesto que los cambios de Lynette pueda experimentar no hacen que se vuelva más permisiva ante determinadas actitudes. Dicho de otra forma, si a nuestra Cupido no le gusta algo, se va a hacer oír, mostrando que ese equilibrio del que tanto hablaba Lee sólo se puede conseguir con una mente abierta y una comunicación de las necesidades de cada parte.
Al final, el amor evoluciona y no se encierra en un único concepto. De esta forma, se pueden observar durante el juego otros tipos de amor que nada tienen que ver con la clasificación citada ni con el romanticismo en general. El amor también se puede manifestar a través de la familia, la amistad, las aficiones o el crecimiento personal y aunque estén en un segundo plano —porque a ver, al final hemos venido a romancear al moñeco de turno, que para eso estamos jugando a un otome— son formas igualmente válidas para tener una vida satisfactoria y así lo experimenta nuestra protagonista. Por eso, debemos evitar convertirnos en “parásitos del amor” ya que, como nos demuestra nuestra Cupido, todo el mundo puede experimentar el amor y no hay teoría alguna que pueda rebatir ese argumento.

En conclusión, nuestra Cupido se merece todo el amor del mundo / © Idea Factory Co., Ltd. & Otomate
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