La necesidad de abolir el shōnen

Horimiya fue, sin lugar a dudas, uno de los mangas de comedia romántica más exitosos de los últimos años. El trabajo del ilustrador Daisuke Hagiwara adaptaba el webcómic 4-koma original de HERO y nos contaba la historia de dos estudiantes, Izumi y Kyōko, que se enamoraban tras descubrir cada uno los secretos del otro, y de todos los pintorescos compañeros de clase que orbitaban a su alrededor. Desde CloverWorks se encargaron de su reciente anime y, si bien la adaptación generó opiniones dispares —pues las series del estudio suelen ser un poco una lotería y tan pronto puede salir Spy x Family como la segunda temporada de The Promised Neverland— la tónica general a la hora de abordar el universo de Hori-san to Miyamura-kun suele estar bañada en cariño y apreciación. Con todo, siempre hay voces discordantes, y no faltaron en su momento valoraciones del estilo de «es que los protagonistas se vuelven pareja demasiado pronto, los shōnen y shōjo no son así«. En ese caso, ¿cómo son los shōnen? ¿Cómo son los shōjo? ¿Por qué tienen que, o deben, ser de determinada manera?

Como cualquier persona aficionada al manga y al anime sabrá, las obras de este mundillo suelen catalogarse bajo unos términos muy concretos. Estos reciben el nombre de demografías y son principalmente cinco: el kodomo, que vendría a contemplar los mangas para niños pequeños, el shōnen, títulos para chicos adolescentes, el shōjo, para sus homólogas femeninas, el seinen, para jóvenes y adultos y el josei, que es lo mismo que el anterior, pero para mujeres. En sus orígenes, las primeras obras de manga no tenían un target tan fuertemente marcado pero conforme fue avanzando el siglo pasado —teniendo en cuenta que ya desde la posguerra, podemos hablar de un consumo prácticamente masivo, aunque la auténtica explosión comercial llegaría con los 80— la costumbre de categorizar las publicaciones de manga y, progresivamente, de anime, por indicadores demográficos se convirtió en la norma a seguir en tierras japonesas. Por establecer un paralelismo, lo más similar que tendríamos aquí sería la llamada literatura juvenil o los libros del Barco de Vapor, que tenían colecciones de pequeñas novelas catalogadas por colores en las que, por ejemplo, las de lomo azul estaban recomendadas para niños y niñas muy jóvenes que hubiesen aprendido a leer recientemente y las de lomo rojo para preadolescentes hechos y más acostumbrados a la lectura.

Volviendo al manga y acudiendo al quid de la cuestión. ¿Dragon Ball? Clásico del shōnen. ¿Berserk? Lo mismo pero del seinen. ¿Nana? Shōjo como una catedral. Inevitablemente, la propia existencia de ciertas obras de amplio éxito, consideradas como atemporales o como clásicos del medio ha terminado por contaminar el propio sentido de la categorización demográfica y ha parasitado a esta última con las características temáticas, tonales, estilísticas o argumentales de esas obras capitales. Entendemos por ello a los shōnen como historias de acción, que habitualmente incluyen poderes fantásticos o sobrehumanos, cuyos usuarios logran desarrollar a lo largo de la trama para volverse más fuertes, con un amplio componente de glorificación del esfuerzo y la amistad y, en no pocas ocasiones, con poca representación femenina de calidad. Dragon Ball es así. Naruto es así, y Bleach, y Boku No Hero Academia. Podríamos hablar prácticamente del estándar del shōnen. Pero volviendo a lo dicho antes, el término shōnen hace referencia exclusivamente al público objetivo de la obra, e implica, también exclusivamente, un target marcado por el género de las personas y por su rango de edad, no unas temáticas argumentales o narrativas. Todas estas características comunes que se han mencionado se podrían englobar dentro del nekketsu, un género tan propio del Japón moderno como lo fueron el destape de la España postfranquista o las películas de acción cutre del Hollywood de los 80. Y es aquí donde se genera la confusión, porque una comedia romántica como Horimiya, pese a no tener en absoluto nada que ver con Naruto o Bleach, es un shōnen. Del mismo modo, también se da el caso de dramas lacrimógenos como Mikkakan no Koufuku o Shigatsu wa Kimi no Uso que son catalogados como shōnen, no como shōjo.

¿¿¿Que el maestro del terror Junji Ito hace shōjo??? / ©Asahi Sonorama

Teniendo en cuenta todo esto, la pregunta clave sería, ¿qué es lo que hace que una obra sea shōnen y otra sea, por ejemplo, seinen? La respuesta es tan corta como el interrogante: la revista en la que se publique su manga. Y si es un anime original, sin contraparte en viñetas, entonces no podrá ser ni shōnen, ni seinen, ni nada. Lo cierto es que, estadísticamente hablando, si un autor quiere orientar su obra hacia un público adolescente seguramente enfoque ciertas situaciones del guion o algunos aspectos del tratamiento de los personajes de una forma relativamente diferente que si lo hace para un rango de edad superior, pero al final esa tampoco es una norma grabada en granito que se tenga que cumplir siempre. En occidente, por ejemplo, tenemos una buena cantidad de películas y series, como Gravity Falls o Avatar: La Leyenda de Aang, que están, a priori, enfocadas para niños pero contienen un mensaje muy aprovechable por los adultos. Y en ciertos casos podría considerarse ese mensaje como mucho más enfocado hacia ese mundo adulto. Pero eso no hace que dejen de ser obras dirigidas, principalmente, a un target infantil y que, por tanto, se emitan en canales infantiles.

Aquí entramos en casos en los que la separación en tono o enfoque no coincide respecto a lo que podríamos esperar de ese target separado por edades. Chainsaw Man, con todo lo violenta, oscura y depresiva que es, con unos personajes psicológicamente muy complejos, llenos de capas y con una narrativa estrenua, muy amiga de los planteamientos ambiguos… es un shōnen. Mientras que, por otro lado, la prosaica One Punch Man, que tanto bebe de la comedia ligera y las referencias a tópicos de los mangas de acción clásicos como Dragon Ball, es un seinen. ¿Por qué? Porque la primera se publica en la Shōnen Jump, que es una revista de la demografía que su propio nombre indica, y la otra en la Young Jump, que es una publicación seinen. Una obra se considera dentro de una demografía determinada tan sólo porque el editor que la recibió decidió que sí habría que publicarla en su revista. En caso de que la hubiese rechazado, eventualmente el autor la habría mandado a otra y puede que, entonces, hubiese entrado en otra demografía, si la revista en cuestión estaba orientada a ella. De hecho, hay casos muy particulares en los que una obra puede pertenecer a varias demografías simultáneamente, como Vinland Saga, que empezó publicándose en Shōnen Ace y pasó a Afternoon, que es una revista seinen, cuando ya llevaba varios capítulos en su andadura. Y qué decir del clásico seinen K-On!

Se podría concluir aquí con que las categorizaciones demográficas no son una buena forma de orientación al público respecto a lo que se va a encontrar en el manga o anime de turno, pues pese a que pueden, grosso modo, reunir ciertas afinidades tonales o incluso temáticas en algunos casos concretos, al final va a resultar inevitable que más y más obras se salgan por la tangente y rompan los clásicos esquemas mentales de «shōnen significa que es parecido a Naruto«. Pero de quedarnos aquí nos faltaría acometer la parte más importante de todo esto y que, al final, es la que marca el argumento principalmente esgrimido a la hora de abogar por la abolición de esas demografías: ¿Qué ocurre con el shōjo y el josei? Aparentemente nada, porque son para chicas y, como podemos leer en Twitter, las chicas no saben de anime, así que nos debería dar igual. Bromas aparte, todo esto deriva en un caso bastante serio y notorio de sexismo. Y es que categorizar una obra como shōnen y otra como shōjo es dar por hecho que los gustos e intereses de los jóvenes varones van a ir por un lado y los de las muchachas por otro. Es creer que los chavales siempre van a disfrutar de aventuras, violencia y humor gamberro y las chicas de sentimientos, equívocos ambiguos y romances. Es ver a ambos colectivos como grupos completamente homogéneos e inamovibles, que obedecen sin excepción a tópicos de género. Es volver a los coches azules contra las cocinitas rosas de los catálogo de juguetes del Corte Inglés en una época en la que estereotipos tan rancios deberían llevar años superados y enterrados. Y algo tan simple como aplicar esta división a cualquier otro campo artístico nos hace darnos cuenta de lo innecesario y retrógrado de todo esto. ¿Distinguimos en los museos entre esculturas para chicos y esculturas para chicas? ¿Podríamos decir que el rock progresivo es música para hombres y el eurobeat para mujeres?

Ah, así que esto era el «besto seinen» / ©Kyoto Animation

Tampoco está de más recordar clásicos comentarios del fandom como “yo no veo shōnen porque es muy para críos”, “es bastante ligero para ser un seinen” o incluso “está bien para ser un shōjo”, como si la calidad esperable de una obra o, de nuevo, todo su contenido tuviese que venir, por obligación, marcado por una simple categorización en función de la revista en la que se publique. Huelga decir, de todas formas, que la intencionalidad de llegar a una abolición final de las demografías no está en absoluto reñida con, mientras ese momento no llegue, defender y propugnar una dignificación necesaria de algunas de ellas, como ocurre especialmente con el shōjo, habitualmente maltratadas y, cuando no, invisibilizadas, por gran parte del público mayoritario masculino.

Al final esto es algo que seguramente no cambie en Japón, al menos en un futuro cercano e inmediato. Por un lado, el tema del sexismo no es algo que quite allí el sueño a un nivel mainstream y, por otro, las revistas de manga son un negocio colosal, que amasa miles de millones de yenes y que, sabemos, gusta de recurrir mucho a la constante de que si algo funciona bien, en este caso en lo económico, no lo cambies. Pero es que igualmente desde este rincón occidental del mundo es posible tomar cartas en el asunto y solucionar, al menos, lo que esté en nuestra mano. Podemos dejar de poner el cartel de shōnen en las estanterías de Fnac para indicar las colecciones a la venta, las propias editoriales y distribuidoras del oeste pueden elegir otra forma de promocionar sus obras licenciadas y, especialmente y como contrastados agente de influencia en las dinámicas y tendencias de opinión pública, los comunicadores y medios especializados del sector podemos comenzar a renunciar a estos términos o, al menos, a ponerlos en un necesario contexto y a utilizarlos con su significado correcto.

Tampoco es como si faltasen herramientas suficientes para poder orientar a los consumidores de manga y anime a la hora de elegir una obra. Está la opción, ya utilizada en tantos otros medios, de una clasificación explícita por edad, como es el PEGI de los videojuegos, los +13 que aparecen en la esquina superior derecha de la pantalla cuando estamos viendo una película en la televisión o, por si alguien que esté leyendo esto nació en los años 60, los rombos de TVE. Análogamente a esto, y por descontado, una de las mejores opciones posibles semeja combinar esa calificación por edad, ya familiar para el público occidental, con algo tan simple y efectivo como son los géneros. Exactamente igual que en el medio cinematográfico, ya sea por ambientación —obras fantásticas, bélicas…— o en función de su tono estilístico —drama, comedia, acción…—. Sin pie a la confusión. Sería esta una forma mucho más adecuada de presentar las obras a los posibles consumidores, pues no se estaría de este modo creando unas expectativas contaminadas por la influente injerencia de los clásicos ni, por supuesto, segmentando el cúmulo de obras en función de si un editor cree que One Piece le va a gustar más a un chico o a una chica.

2 comentarios en “La necesidad de abolir el shōnen

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