Cuando más allá de secuelas, precuelas o intercuelas, y de franquicias preexistentes como Fate, se ponen en perspectiva las diferentes obras de un mangaka, lo más habitual es que no compartan un mismo tiempo, espacio o, siquiera, universo narrativo común. Es bastante evidente que Hachimaki, de Planetes, no va a tener un papel, por puntual que sea, en la trama de Vinland Saga, pese a ser ambos títulos de Makoto Yukimura, y, aunque nunca se pueda afirmar nada con rotundidad tratándose de Fujimoto, muy probablemente no veremos de manera canónica a Agni y Denji unir sus fuerzas para crear la mejor película posible e impresionar con ella a Eri en una eventual Chainsaw Man 3: Demonic Boogaloo. Y es que, por descontado, tampoco hay, salvando videojuegos como J-Stars Victory Vs, un DCverse del manganime. Por eso casos como los del multiverso compartido de CLAMP o las interconexiones deíficas e iconódulas entre Slayers y Lost Universe, al más puro estilo de Warhammer y Warhammer 40.000, suelen ser recibidas con asombro por los fans. Kōji Seo, mangaka oriundo de Hiroshima, es otro caso de un artista que ha conseguido enlazar de una manera u otra casi todas sus obras principales sin que estas tengan la necesidad de pertenecer a una misma serie o presentar tramas que aparenten mucho que ver entre sí.
Corrían los albores del siglo XXI y los spokon estaban en una situación complicada. Atrás quedaban grandes pilares del género como Oliver y Benji, Slam Dunk y, sobre todo, Ashita no Joe, y aún faltaban demasiados años por delante para su actual renacer de la mano de Haikyū!!, Blue Lock o, previamente, Free! y Kuroko no Basket. Fue en ese contexto en el que Kōji Seo trajo al mundo sus dos primeros mangas. Ambos eran spokons: W’s, sobre el hijo de dos jugadores de tenis consagrados que debe hacer honor a sus apellidos, y Cross Over, con un mayor toque de comedia y ambientado en el mundo del baloncesto, protagonizado por una suerte de Muggsy Bogues adolescente nipón que intentaba cumplir su sueño de triunfar en un deporte tradicionalmente reservado para gente alta. Ambos títulos, pese a lo prometedor de su autor y a tener detrás a Kōdansha, se ahogaron en un mercado en el que no tenían sitio, pese a que el segundo de ellos llegó a la respetable cifra de siete volúmenes recopilatorios y casi una sesentena de capítulos.

Pero de la por entonces joven mente creativa de Seo no saldrían sólo mangas deportivos. Tras varias intentonas con diversos one-shots de corte más dramático, como Love Letter o Half & Half, al que volveremos más adelante en nuestro artículo, llegaría su primer gran éxito: Suzuka. Publicado en la Weekly Shonen Magazine durante algo más de tres años y llegando a unos nada desdeñables 170 episodios, Suzuka partía de un trasfondo también deportivo, centrado esta vez en el atletismo, para utilizarlo de apoyo a la hora de construir su historia. Esta, ahora sí, estaba centrada exclusivamente en la tragicómica relación entre su dúo de protagonistas, la joven que daba nombre a la obra y Yamato, quien se enamoraba a primera vista de ella al verla realizar un salto de altura. Quizás lo primero a destacar es que este manga sentaba cátedra respecto a un sentimiento que sería muy habitual en los lectores de Seo en tiempos venideros: aunque no te guste lo que estás leyendo, sencillamente no puedes parar. Y es que Suzuka no era tanto una obra sobre adolescentes o para adolescentes como, a fin de cuentas, una obra adolescente. El guion se esforzaba en desarrollar a sus personajes, especialmente a la pareja protagónica, pero lo hacía dando demasiados bandazos, el humor resultaba facilón y, en ciertas ocasiones, hasta anticlimático y conforme avanzaban los capítulos se notaba la intencionalidad patente de Seo por hacer avanzar la historia a base de plot twists y cumbres dramáticas. El problema era que, cuando un autor hace morder a sus lectores tres, cuatro o cinco veces el mismo anzuelo a lo largo de una obra, en la sexta ocasión no sólo no van a picar, sino que probablemente empiecen a hartarse. Y, pese a ello, el magnetismo de Suzuka no dejaba de funcionar durante toda su —excesivamente larga— duración. Simplemente, no podías parar de leer. Para aportar contexto a todo esto y mencionando dos títulos cuya atracción y fidelización del lector están fuera de toda duda, según la popular web Myanimelist, el porcentaje de lectores que abandonaron este manga sin llegar a su fin es el mismo que el de Death Note y, sorprendentemente, la mitad del ostentado por Soul Eater.
Hay un dicho popular que versa «¿No querías caldo?, ¡pues toma dos tazas!» y es exactamente lo que Seo tenía en mente cuando, poco después de terminar Suzuka, comenzó la serialización de Kimi no Iru Machi —A Town Where You Live, en su traducción occidental— donde decidió coger todas las cosas que, para él, hacían especial a Suzuka, independientemente de que fuesen buenas o malas, y llevarlas a un nuevo nivel. Situado en el mismo universo que su serie predecesora y, de hecho, con varios cameos de los personajes de la misma a lo largo de su trama, Kimimachi nos contaba la historia de Haruto, un chico de pueblo que se enamoraba de Yuzuki, una chica tokiota que se inscribía en su instituto para pasar un año estudiando lejos de la gran ciudad. A partir de ahí, los diferentes arcos argumentales se sucedían, con Haruto yendo a su vez a estudiar a Tokio una vez alcanzada la universidad y, posteriormente, con la responsable y sosegada —no— vida de los protagonistas.

Esto era Suzuka 2, conceptualmente hablando, en su máxima expresión. Mayor número de capítulos, muchos más personajes en escena con relevancia en la narración, una diégesis temporal más dilatada y, por supuesto, una cantidad de melodrama fuera de cualquier escala de medición posible. A Seo ya no le bastaba con un planteamiento ligero y con recurrir a las bombas en la segunda mitad de la historia para mantener el interés, ahora quería más. Mucho más. Aquí desde el minuto uno se sucedían los triángulos amorosos, los sentimientos ocultos, los pacientes de enfermedades terminales que intentan usar su condición para arrebatar la novia al protagonista, los protagonistas que deciden que las enfermedades terminales ajenas les dan bastante igual, las infidelidades, la confusión adolescente, el «un clavo saca a otro clavo», las infidelidades otra vez y, por si fuese poco, la injerencia del tiránico sistema laboral japonés en las relaciones socioafectivas y cómo el concepto de conciliación familiar aún les queda un poco grande por allí. Cualquier cosa valía para generar un golpe de efecto, hubiese sido anticipado por aquello que la historia estuviese contando hasta entonces o no. Y, para asombro de muchos, seguía funcionando de forma, quizás no excesivamente orgánica, pero cuanto menos efectiva. Kimimachi es uno los dramas románticos de los que más cuesta apartar la vista y cualquier lector que se enfrente a él corre el riesgo de verse atrapado y merendarse los capítulos de 40 en 40. De nuevo, Seo, hacía gala de su magia inexplicable. Porque al final, los giros de guion eran tramposos y uno puede pensar que a la cuarta ruptura de una pareja ya sólo puedes hacer una porra sobre cuántos capítulos tardarán en volver a juntos, pero es que aquí cada una de ellas se sentía auténticamente como la última y definitiva. Kōji Seo había aprendido no sólo a crear personajes creíbles, imperfectos y llenos de contradicciones pero dispuestos a vivir su vida a su manera, sino a darles una evolución y con ello conseguir que sus lectores se implicasen con su destino y se preocupasen por su porvenir.
Durante los cuatro años de publicación del manga, el autor se prestó a otros trabajos esporádicos y fue entonces cuando la prescindible comedia ecchi Princess Lucia o Rinko Days, basado en el popular simulador de citas de Nintendo DS LovePlus, vieron la luz. También se serializó de forma corta Half & Half, directamente basado en uno de sus primeros one-shots y del que ya os hablamos en Futoi Karasu no hace mucho tiempo. Kimi no Iru Machi terminaría en 2014 dando introducción, sin descanso aparente para su autor, a una nueva serialización: Fuuka. Con este último llegaron las palabras mayores, y no sólo porque el personaje que daba nombre al título fuese, tanto referencial como literalmente, hija de Suzuka. El de Hiroshima había llegado a su madurez creativa y se notaba. Mucho más comedida que las obras anteriores en sus alocadas arrancadas sentimentales, evitando de manera hábil los vicios edgys pero igualmente certera a la hora de atravesarte el corazón sin clemencia alguna cuando menos te lo esperases, Fuuka se consagró muy pronto como el trabajo más destacado, a nivel comercial y crítico, de su creador y, además, como uno de los dramas musicales más sorprendentes de su época. Lo que comenzaba como una comedia ligera sobre una banda de rock conformada por cinco estudiantes de instituto que quieren tocar en sus propios conciertos pese a no tener apenas experiencia en el mundillo se convertía muy pronto en mucho más. Uno de los protagonistas fallecía en un accidente y la serie no sólo demostraba valentía en llevar esto hasta sus últimas consecuencias y erigir un arco inolvidable sobre cómo nos afecta la pérdida de un ser querido, sino que su coraje llegaba mucho más allá y terminaba convirtiéndose en una obra imprescindible sobre, por un lado, cómo afrontar y superar ese recuerdo y, por otro, de qué forma podemos inspirarnos en él a la vez que seguimos adelante y nos abrimos a todas las nuevas y maravillosas experiencias y seres humanos que están por venir.

El fracaso de una adaptación animada de Fuuka que, de manera apocada y pusilánime, no tuvo el valor de encarar fielmente el sentido y sino de su obra madre y decidió ser una comedia erótica del montón para intentar sumar televidentes, no manchaba aún la trayectoria de un autor que parecía, por fin, destinado a comerse el mundo. Pero Hitman, su siguiente trabajo, pese a intentar aunar diversos sellos de identidad del universo de Seo y envolverlos con el embalaje temático de Bakuman, no funcionó como se esperaba. Los ingredientes estaban ahí, en la cazuela, pero no cuajaban como en sus guisos anteriores. No había suficientes especias. Acostumbrado a otros registros, se sentía como una suerte de experimento, una intentona de lograr algo diferente a su tónica habitual en lugar de una obra verdaderamente orgánica. Mención especial requiere, no obstante, un capítulo completamente inolvidable en el que diversos personajes de la pretérita Kimimachi eran entrevistados por los protagonistas y, a través de ellos, el propio Seo hacía un ejercicio de autocrítica sincera y encomiable no sólo por cómo había abusado del drama en su día, sino incluso llegando a reconocer que no había sido totalmente consciente, por entonces, de las implicaciones morales de todo lo que habían hecho sus personajes.
Y esto nos lleva al pasado año, cuando el bueno de Kōji Seo iniciaba su obra más reciente, aún en publicación: Megami no Café Terrace, con la que ha decidido darse a la gran vida, como dibujante y como guionista. Hayato, estudiante universitario, hereda el endeudado restaurante de su difunta abuela, en primera línea de playa. Decidido a cerrarlo y a vender el solar, es convencido por las cinco camareras del mismo de intentar sacarlo a flote durante, al menos, un año. A partir de ahí comenzarán las aventuras del pobre Hayato y de sus cinco hermosas pero excéntricas trabajadoras. Aquí no hay lugar para el drama, las relaciones complicadas o los arrebatos sentimentales, sólo un montón de gags irreverentes y absurdos, una pizca de chistes verdes y una cantidad de enorme de pitorreo a costa de los tropos habituales de las comedias románticas y los mangas harén —la forma reiterada que tiene de abordar los tan comunes equívocos y malentendidos es sencillamente deliciosa—. Irónica e inesperadamente, Seo parece estar más cómodo que nunca con este devenir de los acontecimientos. Las ilustraciones están más on point que en cualquiera de sus otros mangas, con el autor disfrutando de dibujar chicas guapísimas en uniforme e incluso paisajes, especialmente costeros, de manera mucho más evidente que en sus anteriores trabajos y la historia, pese a contarse de manera casi totalmente episódica y estructurarse en gran medida a través de «la situación graciosa de la semana», cuece un trasfondo y un desenlace a fuego lento que apunta ya maneras y que parece esconder la cantidad suficiente de sorpresas para, cuando llegue, dejar a más de uno con la boca abierta.
Curiosamente, en los casi 70 capítulos publicados hasta ahora de Megami no Café Terrace no ha aparecido aún ningún personaje de Kimimachi o Fuuka. Puede que simplemente aparezcan Haruto y Yuzuki al final como cocineros invitados en las cocinas del Café Terrace Familia o puede que Kōji esté intentando dejar atrás el Seoverso y, con él, una etapa mucho más dramática que la actual de su vida como creador de historias.
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