Los fantásticos mundos de Sayman Dowman

Cuenta el dicho popular que «nunca preguntes a un hombre su salario, a una mujer su edad y a un mangaka por qué usaba un pseudónimo a finales de los 90 y principios de los 2000». Con la popularización y expansión de internet a comienzos del presente siglo, un sinnúmero de nuevos artistas vieron el cielo abierto. El acceso al arte se democratizaba más que nunca y ahora tenían un nuevo método para, de no depender de las tiránicas editoriales niponas, no tener que jugársela a mercados de doujinshis impresos como el Comiket para alcanzar cierta relevancia como artistas. Muchos eligieron el erotismo o, directamente, el hentai, para recorrer este camino aún más rápido. Un número importante de los mangakas más populares de la actualidad, como Oh! Great —Air Gear, Bakemonogatari—, Shun Saeki —Shokugeki no Soma— o incluso Kiyohiko Azuma —Yotsuba!— dieron, bajo sendos apodos artísticos, sus primeros pasos como ilustradores en el mundo del arte para adultos, antes de saltar al mainstream. Algunos, como Masamune Shirow, creador de Ghost in the Shell y Appleseed llegaron a compaginar durante años ambas vertientes de su trabajo. Sayman Dowman, bajo el pseudónimo de G Kun Dow, no fue excepción a esta tendencia.

Poco se sabe del bueno de Dowman más allá de su nombre real, Susumu Iijima —y esto según la web AnimeNewsNetwork, porque tampoco es algo que se referencie en demasiados sitios—. Ni su edad, ni su lugar de procedencia ni, por supuesto, su rostro, son de conocimiento público. Eso otorga un aura de misterio mayor a un mangaka que, pese a haber publicado numerosas obras de interés, haber trabajado para publicaciones como la Ultra Jump de Shueisha e incluso aportar su granito de arena a colaboraciones como la antología Koushiki de Mieruko-Chan o a su equivalente de Haruhi Suzumiya, nunca ha terminado de dar el salto definitivo a la primera plana. Tras unos inicios en el citado mundo del manga nsfw con trabajos menores como Ever Green o Vide, su obra más larga hasta aquel momento, Seihonnou to Suibakusen, alcanzó cierta relevancia en la revista hentai Kairakuten, demostrando un afán y esfuerzo por los diálogos ingeniosos y las situaciones rocambolescas muy superior a cualquier interés por la anatomía desnuda, con lo que su salto al cómic no erótico era cuestión de tiempo. Así, tras un fallido intento en su debut de entrar en el mundillo de la fantasía con Phantom Brave, Dowman nos entregó la que es su obra más popular hasta el momento y, además, una de las más redondas: Voynich Hotel.

¿Son Elena y Kuzuki una de las parejas más cucas del manga? Nosotros decimos sí / ©Akita Shoten

De las aventuras de Kuzuki, el yakuza retirado, Elena, la extravagante maid del hotel, y el resto de asesinos, fantasmas y carismáticos personajes variados a lo largo y ancho de la Isla Blefuscu ya os hablamos en otro de nuestros artículos, así que no será demasiada la extensión que esta rocambolesca obra nos ocupe en esta ocasión. Pero sí es menester destacar que, en mayor medida que cualquiera de sus obras pretéritas, Voynich Hotel sentó las bases de lo que sería el «estilo Dowman» pues, si bien cada uno de los trabajos del nipón desborda tanta personalidad e idiosincrasia que se convierte en único e irrepetible, también es cierto que todos ellos comparten unas cualidades estéticas y ciertos manierismos narrativos que hacen fácilmente reconocible la mano que sostiene la plumilla. Alejándose de los cánones típicos de la ilustración moe tan en boga en sus contemporáneos —Voynich vio su primer número publicado en 2006 y duró hasta 2015—, en ocasiones el trazo de Dowman se acercaba fascinantemente al del estadounidense Mike MignolaHellboy— sin dejar de lado los evidentes paralelismos con Koji Kumeta —Katte ni Kaizou, Sayonara Zetsubou Sensei—, algo que le acompañaría hasta hoy en día.

Durante la larga década que ocupó la dilatada e irregular publicación de Voynich Hotel nuestro querido autor no se durmió en los laureles y de su mente creativa continuaron naciendo proyectos sin descanso. Tras la suave comedia lésbica Ayame to Amane en 2010 llegó Nickelodeon, un divertidísimo compendio de historias cortas muy variopintas donde había lugar para el romance adolescente, el humor negro y el thriller sobrenatural. Las referencias constantes a la cultura pop, tanto oriental como, especialmente, occidental, y la brevedad de sus capítulos —apenas siete u ocho páginas por episodio—, unido a moralejas claras y humorísticas y una capacidad sobresaliente para no sólo ir al quid de la cuestión sin perder tiempo, sino también de explorar y retorcer sus ideas de forma extrema, lo convirtieron en un manga notable, que cimentó el estilo discursivo de Dowman e indirectamente dio forma a la que posteriormente sería otra de sus obras mejor consideradas, Melancholia, de la que se hablará más adelante en el presente artículo.

El humor absurdo es una de sus señas de identidad constantes / ©Shogakukan

Oddman Eleven, publicada poco después, fue su particular reimaginación de Scott Pilgrim contra el Mundo, pero mucho más lgbt-friendly y muchísimo más gamberra. Una joven deberá enfrentarse a las malvadas ex del chico al que ama para poder estar con él. Cada una de esas ex tiene habilidades especiales y… sucesivamente varias de ellas se irán enamorando de nuestra heroína una vez las derrote. Dowman se alejaba de cualquier tipo de tropo habitual en los manga nekketsu del estilo de «combates consecutivos para lograr un objetivo» y daba rienda suelta a las bromas sexuales, los poderes inútiles y los diálogos brillantemente idiotas. Tras algunos one-shots que podría firmar el mismísimo Vincent Finch bajo los efectos de estupefacientes, como Zou no Miru Yume, una breve comedia situacional protagonizada por Jack el Destripador y El Hombre Elefante, y diversos doujinshis sobre zombies sin mucho más interés, llegaba en 2013 Suicide Parabellum. Aquí Dowman recurría en una nueva ocasión, como era costumbre, a las bromas macabras y los personajes excéntricos, pero esta vez, durante sus 11 capítulos, demostraba que su mente era capaz de mucho más que eso y se daba el lujo de hilvanar una historia concéntrica, onírica y brutalmente bella, estructurada en un dominio de los sueños que daría toda la envidia del mundo al Origen de Christopher Nolan e incluso, alejándose mucho de sus parámetros, al Paprika de Satoshi Kon.

Tras otra remesa de obras cortas, como la sorprendentemente existencialista World’s End Sabotage o la inesperada Primo Piatto, que podría haber haber salido de la mano del mismísimo Tatsuki Fujimoto, llegaría su siguiente serialización larga, Babylon made wa Nankounen? Quizás su inicio no sea el más prometedor de todos, con un protagonista sin virtudes aparentes que clama que su mayor deseo y su motivación vital es tener relaciones sexuales con cada especie de alienígena de la galaxia, pero pronto se advierte que su premisa es apenas una excusa para cimentar el carácter del que partirá el personaje principal y, tras eso, se dedica a construir un universo rico en culturas, situaciones y paisajes y una historia que llevará a los personajes a enfrentarse a algo mucho más grande y apocalíptico que la líbido del protagonista. Poco a poco se desvela como un híbrido mucho más evidente de lo que podríamos esperar entre la Guía del Autoestopista Galáctico de Douglas Adams y, especialmente en una recta final en la que se permite la indulgencia de darle un homenaje entero, El Fin de la Infancia de Arthur C. Clarke.

Esto es cierto / ©Shogakukan

Melancholia sería la siguiente piedra de toque en la carrera de Dowman y, hasta el momento, su última genialidad. Comparte su punto de partida con el largometraje homónimo de Lars von Trier, pues la Tierra va a ser embestida irremediablemente por otro cuerpo celeste análogo y la trama centra su foco en cómo afrontan la previsible hecatombe los diversos habitantes que pueblan nuestro mundo. Igualmente se estructura de la misma forma que la anteriormente mencionada Nickelodeon, en una serie de capítulos muy breves y aparentemente no relacionados entre sí. Pero, como ocurría con Voynich Hotel —y es que quizá la mayor virtud de Melancholia es lograr aunar de forma tan orgánica los puntos fuertes de las dos obras citadas— el lector empieza pronto a darse cuenta de que lo que parecen tramas tangenciales e historias directamente paralelas son sólo fibras de un entramado completo que, cuanto más se acerca al culmen de la obra, más enlaza y ata todas las ramificaciones anteriores, hasta dejar un único nudo final, en una conclusión que, pese al constante humor incómodo y el reivindicativo nihilismo de una gran parte de los episodios, se revela como sorprendente y emotiva.

Desde ese ya lejano 2017 en el que Melancholia vio la luz, Dowman ha estado, pandemia mundial mediante, mucho menos prolífico de lo habitual. Al menos en lo tocante a ritmo de obras publicadas, pues quitando prescindibles y esporádicos retornos al tebeo adulto, suele estar únicamente activo en su cuenta de Twitter, enseñando diversos fanarts a todos sus seguidores. No obstante, en 2021 llegó Vivarium de Choushoku wo una historia de misterio protagonizada por tres chicas que aún continúa en publicación y que promete mucho. Un nuevo exponente del estilo Dowman y, aunque aún no nos haya mostrado demasiado en la trama, ateniéndonos a su trayectoria podemos decir que, seguramente, será un manga que, como tantos otros de su bibliografía, valdrá totalmente la pena.

Un comentario en “Los fantásticos mundos de Sayman Dowman

  1. Pingback: Informe Semangal nº3: Especial isekais | Futoi Karasu

Deja un comentario