No quedan calipos, niño, sólo épicos combates contra Dios

Si os pedimos que nos deis una característica que se suele cumplir en la gran mayoría de los J-Rpgs en torno al villano final, seguramente nos responderíais —pelos blancos aparte— con la asunción divina del antagonista. Y es que enfrentarte a Dios es uno de los tropos más manidos en los videojuegos de rol, teniendo sin ir más lejos los ejemplos de Grandia 2, Persona 4 o Xenoblade Chronicles como muestra de ello.

¿Pero por qué esta obsesión? ¿Tenía razón Josue Yrion cuando decía que “los Nintendo, Playstation, Sega, whatever” son el demonio? Bueno quizás para encontrar las respuestas debemos ir a la génesis misma de la cuestión y es por qué pelear o matar a (un) Dios.

La razón más simple se desgrana en algo tan manido como “la escala de poderes”. No es raro que en estas aventuras el antagonista busque obtener poder, en todos los sentidos, y poco hay más grandioso que la inmortalidad y divinidad con todas las características ligadas a ella que se nos ocurran. Por tanto, vemos que en muchos casos no estamos matando a Dios propiamente dicho, sino a un homólogo falso que intenta alzarse como tal, como puede ser Kefka en Final Fantasy VI. Así pues, desde cierto punto de vista, se podría decir que no estamos tomando sino una moral bastante cristiana de acabar con falsos ídolos, pues ya sabemos que en el antiguo testamento Yahvé tenia ciertas actitudes toxicas en cuanto a los celos —amigue date cuenta—.

«O recitas mis 72 nombres en orden y con buena entonación o la vamos a tener tú y yo» / ©Atlus

Pero no estamos hablando de juegos occidentales o, como mínimo, sumergidos en la cultura judeocristiana del Cosmos occidental, sino asiáticos, concretamente japoneses. Y allí las visiones sobre los Dioses son algo distintas. Por un lado, tenemos el sintoísmo, donde podemos encontrar divinidades de forma cuasi infinita, y por otro el budismo. En este aspecto, y ligado aún un poco con la visión occidental, que aparezca un ser y se autoproclame única deidad verdadera, grita bastante red flag cultural como para poder declararlo enemigo número uno del videojuego. Normalmente en estos casos no estamos, pues, ante Dios per se, sino que por lo general suele ser una deidad trastornada y maligna que busca control como expresión de su poder, un poco el papel que tiene Yaldabaoth en el gnoticismo y que curiosamente, al menos por nombre, hace aparición en Persona 5.

Así pues, cuando una obra japonesa suele presentar estas luchas divinas o subvierte algunos elementos de las religiones occidentales, no lo está haciendo, generalmente, como una muestra de ateísmo o anti-religiosidad beligerante. Surge más bien como cierta critica al monoteísmo, pero no en una vertiente religiosa, sino en el aspecto de un único ser acaparando completo poder y control. Una representación del egoísmo y despotismo que entra en conflicto con los valores tradicionales más o menos comunales insertados aún en la psique nipona. De hecho, estos valores suelen ser los que presentan el grupo protagonista a la hora de enfrentarse a su periplo, las misiones en las que ayudas a las comunidades locales en las que acabas de aparecer, o simplemente formando esos variopintos grupos —recordemos que los RPG occidentales es mucho más común la presencia de un único protagonista, manejado sin grupo salvo por ciertas ayudas esporádicas—.

En conclusión, creemos que todos estos factores citados se pueden resumir en la máxima de una lucha contra el poder absoluto que dicta el destino. Una propia batalla, precisamente, por el libre albedrío y la armonía, que no es posible ante la existencia de un ser omnipotente que por capricho pudiese acabar con todo. Así que ya sabéis, karasuers, no hagáis caso a los robots de Nier Automata y no “become as Gods!”.

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