Berserk, Stravinski y el árbol de la discordia.

Cuando en mayo de 1913 el compositor ruso Ígor Stravinski estrenó en el Teatro de los Campos Elíseos su ballet La Consagración de la Primavera la polémica no se hizo esperar. El genio de Lomonósov ya apuntaba maneras tras Petrushka y El Pájaro de Fuego, pero no fue hasta entonces cuando logró soliviantar por completo al público parisino. Las voces discordantes se alzaron durante la representación, abucheándola notoriamente, y las críticas más destructivas no se hicieron esperar. El ritmo desacompasado, las disonancias armónicas y los violentos arreglos orquestales fueron demasiado para unos oídos mucho más acostumbrados a músicas del movimiento romántico que a un modernismo que aún comenzaba a despertar. Para muchos críticos, Stravinski estaba componiendo mal. Su obra estaba llena de, aparentemente, clamorosos errores de composición musical.  Como todo el mundo imaginará, el que luego se coronó como futuro ganador de varios Grammys no había incurrido en error alguno. Absolutamente todas las cosas que hacían incómoda La Consagración de la Primavera para los asistentes no sólo tenían un origen voluntario, sino que estaban colocadas y medidas minuciosamente, con una razón detrás.

Stravinski fue una figura revolucionaria en su campo artístico, como lo fue también el recientemente fallecido Kentaro Miura en el manga. A Miura, además de por pequeñas joyas como Gigantomaquia o Futanabi, se le conoce principalmente por Berserk, el manga de su vida, que comenzó en 1981 y que, por desgracia para millones de fans a lo largo y ancho del mundo, quedó inconcluso tras su muerte. Dentro de su ampliamente aceptada influencia a lo largo de las décadas y su indiscutible pertenencia a un eventual canon del manga, Berserk no es un título exento de discordia. La ultraviolencia omnipresente a lo largo de todo el relato, la evidentísima dependencia emocional y atracción sexual entre Guts y Griffith, en una suerte de lovers to enemies de manual que muchos fans rancios se niegan a tolerar, y la virulenta respuesta que genera siempre una obra de éxito mainstream en ciertos sectores más elitistas, han sido un runrún que ha acompañado a la obra del chibaense desde su salto a la fama. Pero una de las guerras más recientes en redes sociales entre seguidores y detractores de este tebeo de fantasía oscura está causada por un árbol. Más bien, por El Árbol.

Todo se habría solucionado con un beso / ©Hakusensha

No hace tanto, podíamos ver a muchos aficionados al manga atribuir la presencia del abeto situado en, aproximadamente, el centro-izquierda de la viñeta que precede a estas líneas a un error. Que por qué cometer un fallo así colocando esa conífera justo ahí, cuando si no la hubiese puesto el paisaje se apreciaría mucho mejor. Un error de Miura dibujando, una equivocación, algo que «está mal». Os recuerda a cierto pasaje del primer párrafo, ¿verdad? Sería presuntuoso dar por hecho que en esa secuencia ilustrada nuestro artista quisiese ponerse precisamente vanguardista y fuese un adelantado a su tiempo como Stravinski, pero centremos la intencionalidad de este texto en reflexionar sobre la necesidad de separar los errores de las cosas que no nos gustan. Un error es, por ejemplo, tener un personaje que ha perdido un brazo a la altura del hombro en un combate previo y, por despiste, se le dibuje con ambas extremidades superiores poco después. Un fallo pueden ser las habituales meteduras de pata de Pierrot o Deen en ciertas secuencias de animación de sus series. Una equivocación, volviendo puntualmente al campo de la música, puede ser cuando Herman Li, de Dragonforce, o Txus Di Fellatio, de Mägo de Oz, componían en su día cosas en el estudio que luego eran técnicamente incapaces de llevar al directo de forma remotamente similar —cosa que ambos terminaron por solucionar—.

Pero a Miura no se le cayó la plumilla entre Griffth y Guts. No dejó un reguero de tinta indeleble y decidió cubrir esa mancha con un tronco puesto un poco por apuro, sino que, a poco que se haya seguido la obra con una mínima atención en los capítulos previos, es muy sencillo entender que ese árbol está ahí por varias razones y que no es, desde luego, ni un error ni fruto de algo fortuito.

Recapitulemos un poco qué ha ocurrido hasta entonces en la trama. Héroe y futuro villano han compartido hasta entonces su juventud. Se han hecho compañeros, amigos, prácticamente se han enamorado el uno del otro. Pero la ambición desmedida de Griffith va mucho más allá de lo que cualquier relación humana le pueda atar o retener. Pronto debe llegar irremediablemente un punto de ruptura, que se acerca cada vez más con cada uno de los duelos que ambos mantienen, bajo promesa del Halcón de liberar a Guts de su influencia si este logra vencerle. Aquí entra la figura del árbol como metáfora visual. Miura, conscientemente, lo sitúa como un elemento rompedor, oscuro, una masa negra que los ha de separar. Es la grieta discordante, creciente y cada vez más sombría que impide que dos almas anteriormente en casi completa comunión sigan unidas en los mismos términos. Es una brecha cada vez más insalvable. Mismo efecto, pero más elegante y menos obvio de lo que habría sido, por ejemplo, colocarlos en lados opuestos de un desfiladero. Asimismo, la sombra proyectada por el árbol cae directamente hacia el lado ocupado por Griffith, profetizando y avanzando su caída en la oscuridad, mientras que la luz baña de forma mucho más limpia el lado de nuestro protagonista, afianzándole como héroe de la historia.

La cabecita del pobre Guts, que alguien le de un abrazo / ©Hakusensha

Pero es que, además, la gracia de todo este asunto es que este no es un caso aislado. Dejando a un lado al Árbol Espiral del Mundo, durante los más de 30 años de publicación de este título, prácticamente cada vez que llega un momento crucial en la vida de Guts está presente un árbol en la página, sea más o menos en el fondo. A su vez, la planta en cuestión nos ayuda a obtener una representación gráfica del estado mental del Espadachín Negro y conectar mucho más rápido con aquello que se le está pasando por la cabeza. Intentemos recordar un poco cómo cambia esa vegetación. Árboles frondosos y crecientes durante la Edad Dorada, contra cuyo tronco puede apoyar la espalda en un merecido descanso. Árboles crueles, nudosos y de aspecto perturbador después, tras la catástrofe ocurrida durante el Eclipse. Árboles recios, pero secos y/o quemados, después, con un Guts derrotado, pesimista y consumido por la venganza. Y, finalmente árboles exuberantes y misteriosos en la tierra de los elfos, cuando nuestro héroe comienza a renunciar a su necesidad de venganza para centrarse en algo mucho más importante para él, restaurar la salud física y mental de Casca como sea. Unos árboles, además, mágicos, enigmáticos, que predicen nuevos y extraños caminos aún por descubrir.

El árbol de la discordia, por tanto y en resumen, es uno de los intentos de Miura de establecer tanto un punto nodal en la narrativa a largo plazo sobre la psique de Guts como una representación a nuestros ojos de la fractura creciente en la relación entre ambos personajes. Puede gustarnos más o puede gustarnos menos. Faltaría más —y está claro que otro artista no habría recurrido a ese recurso de la misma manera exacta—. Puede que nos choque por estar acostumbrados a escenas mucho más limpias cuando se da el ya manido tropo de plano general del bueno contra el malo ante un paisaje. Puede que, pese a que esté diseñado expresamente con esos propósitos, a nivel de contraste no nos funcione o que nos parezca que atrae demasiado la vista, que condiciona la dirección de lectura y desequilibra la composición. Pero, de nuevo, si sabemos el motivo de todo esto, ¿lo debemos llamar error? ¿No es presuntuoso por nuestra parte? ¿Hasta qué punto puede ser un error, imparcialmente hablando, una decisión artística plenamente consciente de un autor? ¿Hasta qué punto podemos considerar como equivocación una metáfora visual? ¿Podemos decir que un cuadro de Kazimir Malevich es un mal cuadro sólo porque se nos escape su intencionalidad en una primera instancia o porque nos guste más, por poner un ejemplo, el hiperrealismo que el suprematismo? ¿Podemos sostener categóricamente que Reign in Blood es un mal álbum porque nuestros oídos no son precisamente afines thrash metal?

También, y por finalizar, podría argumentarse incluso sobre lo extremadamente audaz o temeraria que resulta la categorización del arte a tenor de términos tan propios de la moralidad como «bueno» o «malo», cuando a fin de cuentas tiende a resultar mucho más interesante superar esa categorización banal, desprenderse de esas cadenas y elevar el discurso. Pero ese debate lo dejaremos para otro artículo.

PD: También se suele alzar la voz en referencia a que al no estar centrado, el árbol afecta a la simetría de imagen pero, por un lado, la simetría es sólo una opción y, por otro, al ser una viñeta a doble página, si la conífera estuviese completamente centrada, quedaría situada justo en la parte central, la que queda hundida porque es donde se encolan las hojas

Deja un comentario