Chi no Wadachi: leer con los ojos de los personajes

En la mayoría de casos, cuando todavía somos críos, vemos a nuestros padres como unos seres perfectos que nunca se equivocan y que resuelven los problemas con una maestría absoluta. Pero poco a poco, a medida que crecemos, nos vamos dando cuenta de que son seres humanos como cualquier otro. Que también lloran, que cometen errores y que no son tan buenas personas como intentan aparentar.

Chi no Wadachi —o Rastros de Sangre, que es como se ha traducido en la edición española—, abraza esto y lo lleva al límite, transportándonos de esta manera a situaciones incómodas donde el mal rollo y el terror son las protagonistas.

La premisa de la que partimos es la siguiente: Seiichi siempre se siente protegido por su madre pero, ¿qué es lo que pasa cuando los métodos que utiliza para protegerle sobrepasan lo ético y moral? ¿Qué pasa cuando aquello que se supone que debe protegerle llega a tal extremo que acaba ocasionando lo contrario?

Con este manga, Shūzō Oshimi se reafirma como un maestro del medio. Este tipo de sensaciones malrolleras ya las transmitía en otras obras suyas como Aku no Hana y Happiness. Con el uso de la iluminación y los primeros planos, Oshimi consigue dotar de incomodidad a las ya de por sí perturbadoras circunstancias en las que se ven envueltos los personajes. No necesita de muchos globos de texto para contarnos sus historias y se apoya principalmente en la narración visual  para explotar al máximo un medio como es el manga, llegando incluso al extremo de convertir a los personajes en garabatos por momentos.

Oshimi deforma a los personajes convirtiéndolos en garabatos porque puede. / © Shogakukan

Este es un manga que se lee a través de las expresiones de los personajes. De ahí el uso de primeros planos que ocupan una o dos páginas enteras. Y es, sobre todo, en estos planos en los que el lector se da cuenta de que hay algo que no está bien, incluso antes de que el personaje en cuestión lleve a cabo alguna acción.

A este recurso se le suma la mirada subjetiva —ahora también conocido como el P.o.V.—. En ocasiones Oshimi dibuja lo que está viendo Seiichi y, muchas veces, lo que está viendo es a otro personaje mirándole a él. Entonces no solo tenemos a un personaje mirando al protagonista, sino que también mira directamente a aquel que está en su posición: el lector. De esta forma, las sensaciones de Seiichi se trasladan también a nosotros, quienes solo deberíamos ser meros espectadores.

De esta forma, Oshimi demuestra que no necesita mucho más para crear imágenes impactantes que se quedarán grabadas en la retina de todo aquel que las ve. El autor da forma a dibujos extremadamente cuidados y dotados de expresividad a los que acompaña un silencio que no hace más que acrecentar la ya mencionada incomodidad. Un silencio a veces voluntario y otras veces que simplemente aparece porque —ante una circunstancia que le supera— Seiichi es incapaz de articular palabra.

¿Para qué poner texto si con un dibujo puedes decirlo todo?/ © Shogakukan

Asimismo, el lector puede no saber del todo hacia donde va esta historia. Tenemos claro qué es lo mejor y lo peor que les podría pasar a los personajes. Sabemos que todo va a explotar cuando «eso» —no digo el qué para no spoilear— suceda pero… ¿Cuáles serán las consecuencias si llega a suceder? Porque mientras no ocurra nada de lo que se supone que debe ocurrir, los personajes seguirán convirtiéndose en versiones cada vez más desagradables de sí mismos. Algo no está bien en ellos y parecen no tener salvación alguna. Esto nadie lo dice —o al menos no de manera textual—, pero todos lo sabemos. Es algo que se lee en sus ojos que no dejan de contemplarnos.

Esto es todo lo que es Chi no Wadachi. Un manga que explota al máximo lo terrorífico que puede llegar a ser cuando de niño te das cuenta de que tu madre no es como creías que era. Un cuento de miedo sobre la manipulación, el consentimiento y la inseguridad. Una historia que necesita ser leída a través de su silencio y de las miradas de sus personajes.

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