Soy consciente de que estamos ya en enero y que este artículo habría pegado más hace una o dos semanas, pero esto es un pequeño detalle sin importancia si tenemos en cuenta que las películas que tocan el tema de la Navidad no tienen por que ser exclusivas de esta época y las puedes disfrutar en cualquier momento del año. Además, hay cosas mucho más importantes que necesito aclarar antes de empezar a responder esa pregunta.
Para establecer cual es la mejor película de Navidad de manera objetiva habría que concretar una serie de parámetros y analizarlas absolutamente todas bajo estos. Sí, cuando digo absolutamente todas estoy incluyendo las de imagen real —al fin y al cabo la animación es solo una técnica más, no un género, así que, ¿por qué íbamos a separalas?—. Por razones evidentes y porque aprecio demasiado mi tiempo y mi salud mental ya os podéis imaginar que no es algo que vaya a suceder. El concepto “película de Navidad” no es algo que me entusiasme demasiado teniendo en cuenta que mi experiencia con este tipo de largometrajes no ha sido la mejor. Y aún así, la “época de las películas de Navidad” siempre ha sido para mi la excusa perfecta para recomendar Tokyo Godfathers que, tal y como pone en el título, catalogo como la mejor película navideña del mundo entero.
Llegados a este punto ya estáis viendo que no voy a ser objetivo. Estoy hablando desde mi experiencia y esto anula por completo que algo de lo que vaya a decir sea cien por cien imparcial. Pero al menos dejadme compartir desde mi pericia por qué considero que Tokyo Godfathers es de lo mejor que os podéis meter entre pecho y espalda en estas fechas —o cuando sea—, si buscáis algo de temática navideña —y aunque no busquéis nada de esta temática y solo queráis pasar un buen rato—.

Puede que ninguna de las películas de Satoshi Kon esté ni siquiera en el top 20 de mejores largometrajes animados de MyAnimelist ni páginas similares pero si algo tengo claro es que fue uno de los directores que más llegó a entender el medio —no solo el de la animación, sino el del cine en general—. Kon eligió hacer películas animadas por encima de películas de imagen real por cuestiones de expresividad. Tras Perfect Blue, se le cuestionó este aspecto y él se limitó a decir que en una película de imagen real muchas partes no habrían quedado tan naturales dentro de lo que necesitaba reflejar.
Puede parecer algo contradictorio que hablase de dibujos como algo más natural que la mismísima fotografía, técnica que se aproxima mucho más a la realidad. Y es que podemos pensar que la animación es en principio mucho más “artificial”, puesto que siendo algo que se supone que quiere representar la realidad es una simplificación de la misma y busca estilizar las formas formas que percibe el ojo humano.
Pero una buena película de animación es la que construye un mundo visual homogéneo: cuando la apariencia, el uso de la perspectiva, la luz y la animación están perfectamente cohesionados y esto da lugar a la suspensión de la incredulidad del espectador —algo básico tanto en el cine como en la literatura o los videojuegos—. Lo que quiero decir con esto es que la naturalidad es una posibilidad dentro de la animación, siempre y cuando sus aspectos sean coherentes dentro de un mismo estilo y narrativa. Además, Kon consideraba que la animación le permitía un montaje mucho más rápido y fluido. ¿Que por qué? Pues porque normalmente los dibujos son representaciones simplificadas de la realdad. Simplificación que permite una lectura de la imagen mucho más ágil y el director puede permitirse que los planos duren menos que en una película de imagen real sin perder naturalidad.
Uno de los elementos con los que juega Satoshi Kon en casi toda su filmografía es con las ilusiones, con lo que es real y lo que creemos que es real. —Es algo presente tanto en Perfect Bule, como en Paprika y en Millennium Actress—. Tokyo Godfathers puede parecer que es la única de sus películas en la que este elemento no está presente, o al menos no de manera implícita. En sus otras producciones las ilusiones son evidentes porque las vemos de manera visual. En cambio, en Tokyo Godfathers, aunque no las veamos directamente y pasen más desapercibidas, esas ilusiones siguen estando ahí.

Me explico: los tres protagonistas son unos sin techo que viven al margen de la sociedad: un alcohólico, una mujer trans y una chica que se ha escapado de casa. Sus vidas están marcadas por unos conflictos que los han llevado a tener un carácter tosco y están convencidos de que esta forma de ser les pertenece, es parte de ellos. Esta es la ilusión y la realidad es que todos ellos, pese a sus circunstancias, tienen buen fondo.
Hannah, por ejemplo, es la que más cariñosa se muestra y busca la forma de demostrar su amor. Es la que insiste en quedarse el bebé y esto será lo que desencadenará el descubrimiento personal de los tres. Veremos que protestan y se meten en peleas pero acabarán ayudando a los demás sin casi planteárselo y sin la intención de recibir nada a cambio, lo harán porque les sale del corazón. Y aún así, son recompensados. Ayudan y son ayudados sin buscarlo. Podrían devolver el bebé con la intención de recibir una buena retribución, pero lo hacen porque es lo que creen que hay que hacer.
En una entrevista que le hizo Marc Savlov en 2004 Satoshi dijo: «Quise enviarle un mensaje a los espectadores a través de esta película, que se sintiesen aliviados de sus problemas, de sus preocupaciones y decepciones diarias, utilizando a los sin techo, que tienen una desventaja social y aún así viven una vida a plenitud y con buen corazón».
El encuentro con el bebé es el objeto motivador de la trama principal y es el ejemplo más claro de todo esto —todas las demás subramas apoyan y refuerzan el tema central—: lleva a los personajes a hacer frente a sus problemas y a darse cuenta que son mejores personas de lo que creían ser. Al final la idea de que los sintecho son menos que cualquier otra persona es algo que está arraigado en la mentalidad de nuestra sociedad y esto afecta también a la forma en la que se ven a sí mismos.
Durante la mayor parte de la película los tres se dedicarán a buscar los padres del bebé y esto los llevará a encontrar su propia identidad y a reconciliarse con ellos mismos. Es un camino en el que de una manera u otra se acaban enfrentando con sus propios pasados, con aquello que hicieron mal, y en todo esto se les regala una segunda oportunidad para reconstruir aquello que eran.
Si algo se le puede achacar al guion de la película es que parece estar construido a partir de una serie de casualidades. Los personajes se ven envueltos en situaciones por accidente continuamente que se resuelven también por accidente —el encuentro mismo con el bebé es por pura casualidad, también cuando se topan con el hombre atrapado debajo del coche o cuando los personajes se reencuentran unos con otros—. Pero imagino que todo esto puede ser justificado por el “milagro de la navidad”. Quizá puede ser un recurso manido, pero yo se lo perdono porque… de esto va la Navidad, ¿no? De milagros, de ayudarnos unos con otros y de pedir perdón.
Que son cosas que no deberían reducirse solo a una época del año pero esto también se lo voy a tener que perdonar, pues al final la Navidad es solo una excusa para contarnos está historia. Tokyo Godfathers no deja de ser una película divertida, con una animación y un montaje deslumbrantes y unos personajes a los que no tardas en cogerles cariño. Es por esto que, pese a sus más y sus menos, la considero la mejor película de Navidad —y de no Navidad— de la historia. También porque siempre me lo paso muy bien viéndola, supongo que este debería ser motivo suficiente para recomendarla.